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Las Cortes de los Milagros eran los lugares de París en los que vivían los pobres, los mendigos, los delincuentes y las prostitutas. 

Estas sociedades ya existían durante los reinados de Francisco I y Enrique II, pero con el discurrir del siglo XVII habían prosperado de tal modo que llegó a haber un total de doce puntos con ese nombre. Todos los criminales de París se daban cita allí, en un mundo que tenía sus propias leyes, usos y costumbres, su propio gobierno y su propio argot. Los mendigos elegían a su rey, al que llamaban el Gran Coësre. Sus lugartenientes en las diversas provincias se llamaban cagous, y tenían a su cargo la instrucción de los nuevos pordioseros.

La más importante de todas, la Gran Corte de los Milagros, fuente de inspiración para Victor Hugo, se localizaba entre la rue Montorgueil, el convento de las Hijas de Dios y la rue Neuve-Saint-Sauveur, una zona que el cronista Henri Sauval describe como maloliente, embarrada y sin pavimentar.

Los ladrones salían de allí para ocupar las calles de París. Había mendigos que pedían limosna con la espada al costado y la mano sobre la empuñadura. Estaban en los mercados, en las iglesias, en los espectáculos públicos; por todas partes se veían personas con lesiones y enfermedades simuladas: hombres y mujeres fingían ser ciegos, sordos o minusválidos para pedir limosna, pero durante la noche, de regreso a la corte, en un instante todos se curaban de sus supuestas deficiencias de un modo, como Sauval describe irónicamente, milagroso. De ahí el nombre que se dio al lugar. Como cuenta Paul Bru:

“Desde hacía muchos siglos, París y sus alrededores estaban infestados de una multitud de vagabundos y de pobres. La mayoría, gente sin oficio conocido, mendigos de profesión, tenían su cuartel general en la corte de los milagros. Se denominaba así a sus guaridas porque al entrar en ellas se despojaban de las vestimentas propias del papel que representaban. Los ciegos veían con claridad, los paralíticos recuperaban el uso de sus miembros, los jorobados enderezaban su espalda”. La Corte de los Milagros era así una especie de “inmenso vestidor, en una palabra, donde se vestían y desvestían en esa época todos los actores de esta eterna comedia que el robo, la prostitución y el asesinato representan sobre el suelo de París”.

Dentro de ellos había diferentes rangos: los narquoisfalsos soldados veteranos que fingían haber quedado mutilados por haber combatido al servicio del rey; los malingreux o falsos enfermos; los falsos epilépticos, que caían al suelo mordiendo un trozo de jabón para producir espuma con la que hacer creer que estaban sufriendo un ataque, y que eran capaces de engañar hasta a los médicos que acudían en su auxilio; los hubains, que mostraban un certificado demostrando que San Huberto los había curado de la rabia después de haber sido mordidos por un perro; piètres (falsos cojos), marfaux (proxenetas), a los que se sumaban los falsos peregrinos, los huérfanos que recorrían las calles en grupos de tres o cuatro, casi desnudos y temblando de frío y muchas otras categorías de pícaros que al mismo tiempo hacían de espías para los encargados de perpetrar los robos.

Para ser admitidos en la hermandad de ladrones, cada uno de estos individuos debía demostrar la pericia adquirida sometiéndose a una doble prueba ante los “Maestros”. Primero debía cortar una bolsa a la que se le habían atado unos cascabeles, y lograrlo sin hacerlos sonar. Si fallaba, era molido a golpes, y si lo lograba, se le reconocía como maestro. Durante los días siguientes, aunque superara con éxito la prueba, con el objeto de endurecerle y aumentar su resistencia se le golpeaba repetidamente hasta que resultara insensible a los golpes. Finalmente llegaba la prueba de fuego: el aspirante tenía que conseguir robar un monedero en un lugar público, como por ejemplo el cementerio de Saint-Innocent. “Si ven una mujer arrodillada a los pies de la Virgen con la bolsa colgando a un costado, o a otra persona con una bolsa fácil de cortar, o cualquier otra cosa aparentemente sencilla de robar, le ordenan que cometa el robo en su presencia y a la vista de todo el mundo. Cuando se dispone a hacerlo, dicen a los viandantes señalándolo con el dedo: “Ahí está un ladrón que va a robarle a esa persona”. Ante esta advertencia todo el mundo se detiene y le mira… Apenas cometido el robo, los transeúntes y los delatores lo agarran, lo insultan, le golpean, lo interrogan sin que ose confesar quiénes son sus cómplices ni dar muestras de conocerlos. Mientras tanto mucha gente se reúne y avanza para enterarse de lo que ocurre. ..” Los ladrones aprovechan entonces para cortar sus bolsas y registrar sus bolsillos, y entre el revuelo desaparecen llevándose consigo al nuevo maestro y un buen botín.

A los niños se los iniciaba desde la más tierna edad en la hermandad de los carteristas y rateros; las niñas y las mujeres, “las menos feas se prostituían por dos liards, otras por un doblón, la mayoría a cambio de nada”. Las gentes que venían del campo en busca de trabajo y veían defraudadas sus esperanzas, a menudo se unían a ellos, de modo que la corte aumentaba alarmantemente.

Durante el reinado del Rey Sol, las historias sobre aquel misterioso lugar y las extrañas metamorfosis que allí se producían, estaban tan de moda que el 26 de febrero de 1653 se representó un ballet de Benserade ante Luis XIV, Ana de Austria y el cardenal Mazarino. Se trataba del famoso ballet de la Nuit. En una de las escenas, los mejores bailarines y los más distinguidos personajes entre los cortesanos —uno de ellos el propio Lully, que incluso podría haber compuesto la música para esa parte— interpretaban papeles de habitantes de la Corte de los Milagros. El título era Concierge et les locataires de la Cour de miracles. La escena termina con mendigos, tullidos y ciegos curados milagrosamente y bailando juntos una gallarda.

Los ballets de la corte demostraban al mismo tiempo el miedo y la fascinación que el tema provocaba en los cortesanos. Para el temor había sobrados motivos: desde comienzos de ese siglo la delincuencia alcanzaba proporciones alarmantes, como se aprecia en este pasaje del diario de Pierre de l’Estoile que describe el año nuevo de 1606:

“Crímenes, asesinatos, robos, excesos, pillajes y toda clase de vicios e iniquidades han imperado de modo especial esa temporada. La insolencia de los lacayos en París llegó incluso al asesinato, por lo cual algunos fueron colgados; se descubrió y arrestó a falsificadores; dos asesinos que pretendían matar al barón d’Aubeterre en su propia casa, fueron condenados a la rueda en la Place de Grève; un soldado de la guardia fue ahorcado por haber asesinado a su anfitrión para robarle diez francos; un mercader que venía a la feria fue apuñalado con un cuchillo que le dejaron en la garganta, y así lo encontraron en las zanjas del faubourg Saint-Germain; eso aparte de otros 19 asesinados este mes en las calles de París sin que se haya podido encontrar aún a los criminales. Un pobre comienzo de año que nos amenaza con un final incluso peor”.

Ni policías ni soldados se atrevían a poner un pie en la zona controlada por el Gran Coësre. Cuando en 1630 Luis XIII ordenó la construcción de una nueva calle que la atravesaba de lado a lado, todos los obreros fueron asesinados, lo que obligó a cancelar el proyecto.

La Corte de los Milagros había llegado a ser en una sociedad secreta peligrosa para el poder real. Esas gentes podían convertirse en cualquier momento en tropas sediciosas pagadas por personas de calidad. A partir de 1660, después de una oleada de crímenes especialmente horribles, Luis XIV decidió ponerle fin y ordenó su destrucción. Durante la primavera de 1668, el recién nombrado teniente general de la policía, Gabriel Nicolas de La Reynie, envió sucesivamente tres comisarios a la Gran Corte de los Milagros tan solo para cosechar tres fracasos. La Reynie tuvo que presentarse personalmente, haciendo creer que acudía con unas fuerzas muy superiores a aquellas de las que realmente disponía. Entonces comunicó que, por orden del rey, el lugar debía ser evacuado, y que las doce últimas personas en abandonar el lugar serían colgadas o enviadas a galeras. Eso provocó una desbandada general.

Después se empleó a fondo en la destrucción de las demás guaridas del crimen en París. Al cabo de 30 años, miles de delincuentes habían sido enviados a galeras y marcados con un hierro candente. Sin embargo, esto no acabó con el problema. Aunque la Corte de los Milagros no volvió a representar nunca la misma amenaza de antaño, ladrones y mendigos fueron progresivamente retomando el lugar hasta que a finales del siglo XVIII se ordenó la demolición de todos los tugurios con la intención de establecer allí un mercado.

Fuente: Revista Ávalon

 

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